HOTEL STEYLER

la foto 3 Como decíamos ayer…….

El hotel era viejo, rancio, olía a mueble castellano de parador antiguo: la fachada, de los 70 como mucho, con luces de neón; la moqueta, de color marrón indefinido….El Hall era un hervidero de familias y niños, maletas, gritos, carreras, resbalones, sólo roto por la voz de la que llamaban señorita Almudena, que iba nombrando a las familias y repartiendo las llaves de las habitaciones….¡Famila Arduán, la 211!, ¡Familia Martínez, la 121!

Fuera, bajo una leve lluvia, un hombre rellenito, vestido de oscuro y con pinta de cura fumaba en la puerta de la Boutique de la Casulla, algunas madres de las del Hall le acompañaban. Le llamaban Don Raúl.

Murmuraban que habían partido muy temprano de Sevilla, venían del Saint Mary School (así lo llamaban en un tono entre cursi y andaluz). Subieron a los autobuses, en plan excursión. Tenían seis horas por delante. Nada más salir, primer rosario, para ir entrando en calor. A continuación, el plan prometía, lo último en cine: Don Juan Bosco (en version extendida, casi 3 horas) para un autobús; y para el otro, expresamente traida por una madre (yo diría que una Santa), una película de Marisol. Cine de Barrio era cine alternativo al lado de esa película. Quien esto escribe consiguió leerse un libro entero entra la ida y la vuelta. La parada a comer, de romería. Habían advertido que algo ligerito para el camino, que se iba a peregrinar…….era Viernes y allí estaba el cerdo entero, menos la cabeza,  pero qué vigilia….Si el tal Don Raúl tenía fe en ese grupo es que Don Raúl era un Santo enviado directamente por el Señor en embajada de urgencia,  porque los mimbres que llevaba no daban para mucho, hasta una garrafita de vino, y mucho jamón, mucha caña de lomo y al fondo, agazapados, algunos sándwiches vegetales, por aquello de disimular. Vigilia en estado puro.

El lugar de destino era feo, gris, todos los bares iguales, parecía el mismo bar repetido muchas veces, y muchas boutiques de la casulla, el último grito en casullas, en estolas, lo último en santorales, en velas, en aguas benditas, en imágenes tamaño natural, hasta un mercadillo de rosarios; y al fondo, siempre al fondo, al final de la calle, un espacio inmenso, frío, mucha piedra blanca, con varias capillas, de todos los estilos, un cubo gigante al que le entraba frío por todos lados, un templo muy grande, el más clásico, en obras, otra capilla que parecía el edificio de la ONU, y una especie de gran ventanal sin cristales, pero lleno de velas, de cirios, dando el único calor, color y luz a un espacio frío en la distancia, pero en cuyo centro estaba Ella, la que llaman la Virgen Peregrina. Allí, con un frío que cortaba, en el cubo que le daba cobijo y por donde corrían todas las brisas habidas y por haber, tuvo lugar el primer encuentro con Ella. Fue una misa, con el estandarte del colegio en primera fila y los niños junto a él, casi congelados. Siempre he dicho y escrito que para mí la Virgen es como una brisa, que cuando la siento cerca noto como una ligera brisa que me alivia y acaricia suavemente. Pues en ese cubo la “brisa” me entraba hasta por los pies, pero qué frío. No tengo la menor duda empírica de que la Virgen estaba allí, y no es una suposición, es una realidad fácilmente constatable. Sería frívolo decir que este encuentro era como una cita a ciegas, pero cuando vas allí por primera vez, y tras todo el periplo que acabo de contaros, la primera sensación es esa, quizás cierta frialdad. Allí estábamos “conociéndonos”, saludándonos, con una mochila de peticiones, escritas y por escribir, esperando a ser entregadas, con ganas de intimar, y con ese frío que quizás es el necesario preludio de la chispa que debe saltar para prender el fuego que todos tenemos dentro y que muchas veces está, si no apagado, dormido.

La cena se servía a las 8:30 de la tarde, horario de los ejercicios espirituales a los que iba cuando estaba en el colegio. El comedor, tan espartano como el hotel, estaba envuelto en cristales para dar una apariencia de modernidad, minimalismo o qué se yo. Pero por dentro era un mesón, eso si, acristalado, muy acristalado. Los niños se sentaron con nosotros, casi todos lo hicieron con sus padres. Don Raúl procedió a la bendición: ortodoxa y corta, con convocatoria a la oración nocturna, en la capilla del viejo hotel (en este lugar que un hotel tenga capilla y boutique de la casulla es tan normal como que en Las Vegas haya tragaperras en las habitaciones). El caldo…estaba caliente. El pescado, parecía pescado. De postre, un helado poco helado, más bien aflanado, teñido de rosa, en copita de acero inox modelo años 70. Los camareros, la alegría de la huerta. Mis hijos no probaron la comida. ¡Ea, pues ya comerán! El ambiente de la cena fue in crescendo a medida que los niños acabaron de comer, lo cual aconteció en breves minutos habida cuenta que la gran mayoría hizo como los míos: no comer, como buenos niños malcriados. Y ahí empezó la “convivencia familiar”: en pocos minutos los cristales que nos envolvían cimbreaban como los varales de un paso, eran los niños que corrían y se estampaban contra los mismos como los mosquitos en los cristales de los coches en verano. La puerta de cristal era aparatosamente movida como un ventilador  mientras que alguna criaturita se empeñaba en meter los deditos junto a las bisagras, esperando ser suavemente estrujados. Hordas de niños corrían como manadas de bisontes y sólo eran detenidos por un sofá colorado, en el que caían en plancha. De vez en cuando una recepcionista de agradecidas y rebosantes carnes pasaba, cual señorita Rotenmeier, a grandes zancadas, y espantaba a la manada, que al poco volvía a rugir con nuevas carreras y gritos, una vez se esfumaba “la autoridad”. Los Bernabeu no corrían, volaban. Y al poco de estar en el viejo hotel, tanto la señorita a la que llamaban Almudena, como otra nueva que llegó más tarde, y a la que llamaban Reyes, se encontraban en misiones no pastorales, sino médicas, en los ambulatorios de la zona: Gonzalito el hijo de Lalo y Paloma se había roto el codo; otro Gonzalito (el hijo de la señorita Almudena) estaba a punto de romperse algo más y un Bernabeu, de nombre también Gonzalo, se rajaba la oreja en un espectacular salto entre cama y cama, que tuvo que ser digno del circo del sol. Y en la habitación 421 se jugaba un partido Betis-Sevilla con balón y todo (la 421 habia sido adjudicada a varios niños de 5º para que estuvieran juntos e hicieran convivencia, con permiso de sus padres, y había sido convertida en una especie de juguelandia a donde acudían todos los niños a jugar, entre otras cosas al fútbol). El viejo hotel resistía.

Tras la cena, y buscando la paz que necesitaban más nuestros cuerpos que nuestros corazones, y con los bisontes ya en pijama y las hordas apaciguadas,, acudí no sin cierta curiosidad a la oración nocturna. Y que no se me malinterprete: cuando se va a peregrinar o a un encuentro de familias cristianas, yo sé a lo que voy, y sé lo que busco, pero hay que meterse en situación, hay que integrarse, hay que “entrar” poco a poco, es como el futbolista que calienta antes de un partido, y todo ese proceso no es como encender una luz, tiene su ritual, hay que arrimarse, y dejarse arrimar. Creo que me he explicado. No éramos muchos, nos sentamos, y Don Raúl empezó a hablarnos. Mis referencias de Don Raúl se limitaban a la comunión de mi hijo el año pasado, y nada más, salvo algún encuentro más cortés y esporádico que otra cosa en el colegio. En el autobús y a lo largo del dia hablamos más, y además de simpático y agradable en el trato, me pareció muy inteligente y profundamente sabio, porque era del Betis. Reconozco que en la soledad de la capilla, coqueta, más familiar que el cubo, y ya en la intimidad de sólo nosotros (sí, los de la excursión), el clima era más cálido, y reconozco también que las palabras de Don Raúl me sentaron muy bien (mejor que el caldo) y me acercaron al momento que desde que me monté en el autobús iba buscando, por fin un poquito de paz exterior e interior. Cuando ya empezaba a saltar la chispa, y tras poner en el horizonte la palabra confesión, y cómo afrontarla, llegó el silencio, el momento de hablarnos a nosotros mismos, entonces Don Raúl se sentó al fondo a confesar. Unos minutos después, ya sin frío, subimos a acostarnos.

Al dia siguiente el desayuno fue una prolongación de la cena, las hordas de bisontes volvieron a arrasar, los cristales no solo resistieron sino que se llenaron de manos unidas, quiero decir de huellas de manos, algunas nutridas con mantequilla, y más de un niño voló de nuevo. El sofá colorado (se supone que era para ver una pequeña tele que había allí) parecía una atracción de feria tomada por un enjambre de niños.  Mis hijos seguían en nuestra mesa, pero ya comieron algo, sin pasarse, claro (el hambre apretaba…) Emprendimos el camino que hacían unos pastores para ver a la Virgen, en Ajustrel. El estandarte del colegio y todos los niños, con sus pañuelos azules al cuello, encabezaban la marcha. Don Raul portaba un megáfono y la señorita Almudena le auxiliaba con el libro de rezos, y así recorrimos el camino de los pastores, acompañados de momentos de lluvia fina, pero soportable. Precioso camino. En cada parada se leía un pasaje y se rezaba, y todos los niños, todos, participaron. Ahí empecé a darme cuenta cómo Don Raul conecta con todos los niños, cómo todos querían ir con él, y de algo que más adelante he admirado de él: se dirige a ellos, les habla, les está contando un especie de cuento y, cuando menos te lo esperas, te está hablando a ti, te lo encuentras de frente, y sin darte cuenta te está tuteando el alma. Un artista, un malabarista. Volvimos al hotel a comer, no sin antes tomar unas cervezas en el poblado, y acabar con las cervezas del bar, y pasar por el Corte Inglés de la Casulla, un autentico centro comercial con todas las variedades y complementos, ofertas, santuario completo, corderos y pastores a tamaño natural, dípticos, trípticos y agua bendita en todos los envases que uno pueda imaginar. La bendición fue un poco menos ortodoxa que el primer dia, se nota que Don Raul iba cogiendo confianza (“Dios bendiga…..lo que va pá la barriga”), y el almuerzo, un nuevo ”encuentro” interplanetario, los camareros tristes, les faltaba llorar, el menú nuevamente con otro caldito, quizás una deconstrucción de lo que algún día fue algo sólido, y una especie de revuelto de bacalao, pobrecito, si daba hasta pena, y los niños renegando pero al menos tomando ya un plato, y las hordas cada vez más desmelenadas. Hubo un momento del almuerzo que, viendo el trajín de los niños, me imaginé que los mismos representaban una especie de Parlamento real, y allí vi representados a todos los partidos políticos del momento, y en especial a los partidos emergentes, como Podemos, Ciudadanos, Pablo Iglesias, Tsipras, Varufakis, la Colau, el Kichi y hasta Zapatero, hay que ver el juego que dan los niños. Aquella tarde, una misa preciosa en la capilla de la ONU, pero con nuestro calor, con todos nuestros hijos participando y pasándolo bien, con nuestros ruidos de fondo, con los Gonzalos lisiados, uno brazo en cabestrillo, el otro con la oreja vendada, es curioso como el grupo se iba pegando y llegamos a acercarnos, y como los lisiados eran ya “nuestros lisiados”. Y nuevamente Don Raúl empezando su homilía con esa magia que antes describí: “queridos niños, vamos a jugar, una adivinanza, una broma, un chiste, una risa, y que simpático era Francisco el pastor, y lo buena que era Lucía, y a que no sabéis qué quería la Virgen, y tú, por ejemplo, Paloma, ¿qué le pides a la Virgen?, y de repente, sin darte cuenta, te está hablando a ti, y zas, ahora eres tú a quien se dirige y te está diciendo que espabiles, te dice ¿Y TU QUÉ?, el misterio de llegar a tí desde los niños, una bonita y reconfortante tarde, todos juntos y Ella en medio.……Aquella noche, tras la cena (los niños dejaron por fin nuestra mesa, ya tenían la suya propia, con sus amigos, y hasta casi probaban todos los platos) la oración fue en el cubo, un rosario en cinco idiomas, te das cuenta cómo el idioma nunca es una barrera, sino un nexo de unión, aprendes a tener fe hasta en polaco, qué lección. Nuestro hijo vino, una buena experiencia para él. Y tras el rosario, la entrega de los sobres con todas las peticiones para depositarlas junto a la Virgen, aquellos papelillos que empezamos a rellenar allá por octubre, en la oración de padres, y que hemos ido escribiendo no solo en papeles, sino en el corazón, la fe escrita, y la esperanza. Ah, y antes de ir a la cama, visita obligada al bar de enfrente del viejo hotel, un heladito para algunos, y un copazo para otros, y algún bombón de licor para quien yo se me y no voy a decir.

El domingo era el día de la partida. El desayuno fue bonito, todo ya en su sitio, los niños con los niños, ya se lo comían todo (¡¡¡papá, qué rico!!!), los padres con los padres, y los bisontes…..donde siempre, rugiendo la manada. Luego, nueva visita al cubo y alrededores, ultimas peticiones, foto de grupo, visita a la Peregrina, iba a decir despedida pero no, uno nunca se despide de la Virgen. Y antes de comer, la misa en familia de todos juntos. La capilla del viejo hotel estaba acogedora, los niños ocupando la primera fila, el estandarte ahí, en pie, estoico. Toda la frialdad del primer encuentro, de aquella primera misa en el cubo, había desaparecido, allí no había muchas familias, no era como el hall el primer dia, había sólo una gran familia en torno a una madre. Me quedo con dos recuerdos: mi hijo haciendo una petición, con lo tímido que es ya dice mucho; y la homilía de Don Raul, cómo empezó con los niños, con sus bromas, hablándoles a ellos, y de repente nos metió la muleta y nos dio un zarandeo (él decía que es Ella la que nos zarandea, pero yo os digo que el zarandeo nos lo dio él). Y nos tocó la fibra, a nosotros, a nuestras conciencias, para ello no había que dar rodeos, sólo ponernos encima de la mesa a la Familia, en toda su extensión, desde los abuelos (nuestros padres) a nuestros hijos; hablarnos de lo que en el fondo nos importa a todos, de lo que de verdad importa, de ponernos en frente del reto de la confesión (qué paradoja que un sacramento sea a la vez un reto), y  hablarnos de la Virgen, como una madre, y se acordó entonces de su abuela (al pocó nos dejó y seguro que hoy ya estará con Ella), y todos pensamos en las nuestras, y en las de nuestros hijos, que son nuestras madres (¿quién no se acordó de su madre en ese momento?). Y ahora el gancho directo: “sal de tu tierra y mírate desde fuera”; y luego la caricia: “Ella propicia la peregrinación, Ella es el instrumento de la salvación, Ella nos ha traido aquí”; a continuación, la reflexión: ¿qué hace la Virgen en medio de nosotros?; y la respuesta, la necesidad de darnos un zarandeo, de espabilarnos (una madre es tierna, cálida, cariñosa, amable, pero todos sabemos que cuando nos da un zarandeo, nos lo da de verdad y nos pone firmes) y, por último, un encargo: “tenéis que contarlo, ella propicia este encuentro para que seamos transmisores de su mensaje, teneis que ser transmisores”. Y se quedó tan fresco, tan pancho. El tiempo se paró, tanto que almorzamos una hora más tarde. Recuerdo el abrazo a las familias, una por una, el regalo que recibimos (un rosario y una figura de la familia, símbolo del encuentro), y sobre todo ese momento que trato de contaros pero que seguro que no puedo describir, porque no soy capaz, y porque sólo quienes estabais allí sabéis lo que fue.

Don Raul tuteó a nuestras almas con descaro, con violencia y a la vez con el amor que sólo una madre es capaz de ponerle a un zarandeo cómo el que nos pegó justo antes de almorzar. Y lo hizo guiado por Ella. Y cuando eso ocurre, y a todos nos ha ocurrido, acabamos haciendo lo que nuestras madres quieren. Y aquí me tenéis contándolo….

Estos tres días que empezaron con una vigilia atípica en un área de descanso de la autopista y un Hall que era la torre de babel, fueron para mi tres días que me zarandearon, que me hicieron entender muchas cosas y afrontar los retos de otra forma, que me hicieron sentir a mi familia de punta a punta, de ser valiente, y sobre todo de aprender a sentirme como esos pastores, que acudían todos los días con ilusión a ese camino de Ajustrel a buscar con fe y esperanza a la Virgen, y la encontraban. He querido escribir esta crónica como si fuera un mero espectador, pero al final me he metido dentro de ella, en primera persona. Mi única intención era contarle esta experiencia al que no ha venido, porque al que vino no tengo nada que contarle, si acaso recordarle algún sucedido. Creo que la lección que nos deja todo esto es que todos tenemos que ser Franciscos, Jacintas y Lucías, y salir todos los días al camino de la vida a encontrar a la Virgen, con fe y sobre todo con esperanza, y que acudiendo convencidos de que la encontraremos, lo haremos, como lo hicieron ellos. Seguro. Yo os puedo decir que lo intento. En esos días en el viejo hotel empezó a pulular por mi mente la gracia de la confesión, ese reto del que os hablaba antes, tan abandonada por muchos años, casi caducada. Pero “confieso” que no me atrevía, alguna misteriosa fuerza me paraba los pies. Y me dije que a cabezón nadie me gana, y desde aquel dia me sentí Francisco, Lucía y Jacinta a la vez, y salí al camino de Ajustrel todos los días, unos con más suerte que otros. Pero salí, porque le que no busca no encuentra. Sólo unos días después, y por culpa de Santa Teresa, me confesé. Lo confieso. Y el depositario de mi confesión sólo acertó a decirme: ¡Hoy Dios está que lo flipa contigo, hijo mío! Y no sigo…..

Lo que quieres, lo consigues. Y si no lo consigues es porque no quieres.

El camino de vuelta se antojaba pesado, y mas con la perspectiva de Don Juan Bosco por delante, hasta que paramos a merendar a mitad de camino (dos balones embarcados en media hora, las hordas no cesaban). A la vuelta, un rosario no prometía mucha animación, si no fuera porque el mismo corría a cargo de Don Raúl, siempre en la primera fila, casi de copiloto, y los más pequeños de la excursión, que con sus medias lenguas lo hicieron ameno y divertido, y que en su parte final derivó en canciones populares entonadas nuevamente por Don Raul, como la de ¡una sardina…..dos sardinas….., y un …..!, y una retahíla infinita de canciones de excursión, aquello hubiera sido adormecedor, pero la verdad es que se convirtió en un rosario ye-ye, divertido y animado, una risa permanente, cómo pasar del Ave Maria Purísima a las sardinas, y de pronto el conductor del autobús, pienso que con el ánimo de callarnos y de que no le diéramos la matraca, puso un CD, modernito pero clásico, y empezaron a sonar temas de los 80, de los buenos, de los que se te van los pies, animándose poco a poco el cotarro. Los niños cesaron en su algarabía y ahora éramos los mayores los que entonábamos las canciones de Mecano, Bonney M, Earth Wind & Fire, los Jackson Five y, de pronto, empezó a endurecerse el ritmo y sonó una de Village People, ritmo a tope….¡Ai-an-ci-em! ¡Ai-an-ci-em!, y aquello se enfervorecía por momentos, las luces verdes en la oscuridad del autobús me recordaban a una discoteca antigua, y repentinamente cambió el ritmo de nuevo, pasión brutal……… y entonces, del asiento delantero emergió a cámara lenta un puño negro, micro en mano, como el símbolo del programa “La Voz”, y muñequeando a un suave ritmo que iba in crescendo, de pronto se alzó con energía y exclamó: “No más Alabaré, ya estoy harto del Alabaré. Yo, yo, yo, yo….I WILL SURVIVE”, y al ritmo de Gloria Gaynor y su marchosa canción Don Raúl entonó, micro en mano, con más marcha que nadie, desmelenado, todo el repertorio de los ochenta, eso sí que fue un zarandeo en toda regla, confieso que hacía tiempo que no sentía más marcha por mi venas. Y confieso que a los dones ya descritos de Don Raul, y a su sabiduría futbolística, desde entonces he unido su marcha, su requetemarcha y su desenfreno musical. Y así llegamos a Sevilla, ante el alucine del otro autobús (que seguía con Marisol) y que no daba crédito a la marcha que se le retransmitía por las redes sociales y los waspas sonoros desde el nuestro.

Realmente no se con cuál de los dos zarandeos de Don Raúl quedarme, si con el de la misa de antes de almorzar o con el del autobús…sencillamente, sublime. Jamás había visto tanta alegría junta.

Sucedió en Hotel Steyler. Y está en Fátima.

2 pensamientos en “HOTEL STEYLER

  1. Armando me ha alegrado mucho este recordatorio del viaje tan entrañable que pudimos compartir. Exceptuando lo del Betis, te felicito por tu excelente crónica de aquellos dias inolvidables y por tu sinceridad a la hora de contar tu propia experiencia. Un abrazo

  2. Buenas (y calurosas) tardes del mes de julio andaluz, Armando.

    Me alegra ver una nueva entrada en el blog, el cual, si mi percepción no es errónea, intenta cumplir con un doble objetivo: por una parte, transmitir alegría y, por otra, desarrollar y/o entrenar tu potencial como escritor. El primer objetivo es siempre loable para el lector. El segundo es, a mi modo de ver, un reto vital y personal al que (casi) siempre aliento a continuar (me pasa con otros amigos, compañeros y conocidos, tentados de plasmar por escrito). A mi modo de ver, falta en nuestra sociedad potenciar a aquellas personas que tienen talento para escribir y sobra quizás tanta televisión. Como decía Groucho Marx, “La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro.”. Groucho no conocía aún los blogs, jeje.
    En cuanto a la entrada del blog, en mi opinión y así tú mismo lo señalas, hay dos posibles destinatarios de su lectura: los que te/os acompañaron al viaje y los que no lo hicieron, entre los que me encuentro. Es más, habito, de momento, entre los que no hemos peregrinado nunca a Fátima, ni en grupo ni en solitario. Para nosotros, para mí, la entrada del blog es una buena descripción vivencial de un evento no conocido.

    En cuanto al “regalo de tu alegría”, jeje, es mi percepción que va de menos a más. Pasito a pasito: del inicio frío, gélido y poco atractivo acrecentado por la “alegría” de los camareros a la primera bendición ortodoxa y corta de D. Raúl; de ahí, al sentimiento de paz exterior e interior en la intimidad de la capilla o a la sensación de cómo conectaba con los niños camino para ver a la Virgen (y con el alma de los no tan niños) para finalmente acabar con los “fuegos artificiales” del YMCA (en inglés de la Vega de Triana, je) de Village People.

    ¿Regala más alegría el blog? A mi juicio sí. Esas comparaciones como la de “las tragaperras en las habitaciones de hoteles de Las Vegas”, o la de la recepcionista “cual señorita Rotenmeier” sacan una sonrisa hasta al más triste de los mortales. Y no digamos la medición de la inteligencia y sabiduría de D. Raúl porque era del Betis (para que no se me enfaden los sevillistas, tengo pH neutro en esta rivalidad :-)).

    Para terminar mi comentario a tu nueva entrada en el blog, una confesión pública y una pregunta/reflexión.

    Confieso que, tras la lectura de HOTEL STEYLER, y que ningún peregrino se lo tome a mal por favor, casi que sentiría más magnetismo por tratar con Don Raúl que el “mero” hecho de viajar y pernoctar en Fátima. Realmente entrañable, a mi modo de ver.

    Y la pregunta/reflexión que me hago, que no hace falta ni mucho menos que me contestes, se refiere a cuándo has escrito el grueso de esta entrada: si con distancia en el tiempo respecto al viaje (por ejemplo, en este mes de julio) o durante el mismo o inmediatamente después o ha sido poco a poco. Soy de la opinión que las percepciones de vivencias del pasado van evolucionando con el tiempo.

    No me enrollo más, que no quiero “infoxicar”. No te doy la vara con que escribas más que sé que no te dedicas a esto, aunque sí quiero que sepas que HOTEL STEYLER a) regala alegría, de menos a más y b) que en el estilo de redacción se aprecia madera, quizás no de caoba (aún), pero madera buena.

    Un saludo cordial y ¡gracias!
    Miguel.

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