UN AYALA APLAZADO

IMG_9220Allí olía a pintura, a óleo, y sólo a óleo, un olor que se quedó grabado en mi mente y un recuerdo que se quedó empotrado en mi olfato. Era un 24 de julio de 1997, 10 de la mañana, y ahí estaba yo, un chaval, subiendo una estrecha escalera que conducía a una destartalada habitación que pisaba por primera vez, que era su estudio. En el camino, una vieja caja de botellines de Cruzcampo, un paño de cocina de cuadros arrugado, dos calabacines, un repollo, dos puerros, un manojo de cebolletas, y un viejo y desgastado capote, con un color especial, como azulado, en su reverso; es todo lo que recuerdo, esa foto inicial que te queda de un sitio. Y el olor a pintura, un olor intenso a óleo que nunca olvidaré. Él me había llamado tres días antes, y me había dicho, muy solemnemente: “estoy en condiciones de cumplir tu encargo, ven a verme a mi estudio, calle Juana de Dios Lacoste, Jerez. Es una pequeña placita, con una estatua de una santa enmedio ”. Y allí estaba yo.

…..Un mes antes, yo había descolgado el teléfono (fijo) y lo había llamado a su teléfono (fijo, también), que me había costado la vida descubrir, y me había presentado. La culpa de todo la tenía mi novia, que se había enamorado de sus cuadros, porque trabajaba en una empresa en cuyas paredes colgaban los mismos, y cuyo dueño, Alfonso, íntimo amigo del pintor, tenía una magnífica colección de sus cuadros. Y me tenía la cabeza como un bombo hablando todo el día de los cuadros del tal Ayala, que si un bodegón por aquí, que si unas perdices muertas que parecían vivas por ahí, que si un torero venido a menos, que si un banderillero retirado. Y esa gitana con un niño en brazos, esa la tenía cautivada. Y a mí se me había metido entre ceja y ceja conocer al personaje y atreverme a preguntarle si me pintaría un cuadro para regalárselo a mi novia como regalo de pedida, pues nos casábamos dos meses después, y ella no quería joyas, ni oro, ni diamantes. Ella quería un Ayala. Con dos cojones. Oí su voz grave, de patricio romano, muy serio, por primera vez: “y dice usted que quiere regalarle un cuadro a su novia para su pedida ….., bien,  déjeme pensarlo, ya tendrá noticias mías

La segunda imagen que guardo de aquel estudio, ese día, es de calma, calor seco, y allí, entre muchas pinturas, tubos estrujados, extrañas mezclas, paletas y unos raros pigmentos holandeses, allí en medio, sólo, enmarcado con unas ligeras varillas de madera, apoyado en un caballete, un lienzo, y en él, una gitana con una vieja toquilla desvencijada, arropando un liadillo del que sobresalía una cabecita y una manita que buscaba su pecho. Desde que lo ví, yo no paraba de mirarlo. Pero él, el muy cabrón, pasaba del cuadro, no me decía nada; estaba en los preliminares, me preguntaba, yo le preguntaba, nos queríamos conocer y nos queríamos agradar; y hablábamos de todo, y de que hay que ver cómo había podido yo llegar hasta él, qué peripecia, y que de esto no se entere nadie, ….y entonces tú eres abogado, ¿no?, y os vais a casar, ¿no? Pues vais a tener dos hijos, lo estoy viendo, y te va a ir muy bien…., llevábamos ya casi dos horas hablando y de pronto, sin venir a cuento, me dice: “pero qué guapa y qué linda es Yolanda, yo se que me quiere un montón; ¡y mira que querer un cuadro mío de regalo de pedida! ¡pues no lo iba a tener! Pues aquí lo tiene, míralo, la gitana con más alma de madre que te puedas imaginar, míralo”; y añadió, muy Ayala él: “Y no tienes dinero suficiente para pagarlo”. Yo no dije ni qué bonito, ni qué bien hecho, sólo le dije: “lo quiero y me lo voy a llevar, y es verdad que no tengo dinero suficiente, pero me lo voy a llevar”. La media verónica final fue suya: “te lo vas a llevar aunque sea empeñado: este cuadro es de Yolanda desde que empecé a pintarlo”. Y tras esa frase conocí a Carlos, el fenicio: más de una hora peleándome con él por el precio. No quería cheques, le daban urticaria, así que cogí el coche (con lo que me costó aparcar allí), al banco a la calle Porvera, y vuelta al estudio, esta vez casi empotro el coche en la estatua de la Santa (entonces era Sor Angela, ahora ya es Santa Angela). A las tres de la tarde salía de aquel estudio con la maternidad en mis brazos, oliendo a pintura y a pigmentos, y a aguarrás. Dejaba atrás uno de esos momentos que marcan tu vida (curioso el destino, que me lleva ahora a escribirlo por primera vez), y dejaba allí arriba una mañana, una experiencia, una vivencia y, sobre todo, a un amigo, a alguien que de repente entró en mi vida, en mi matrimonio y en mi familia: Carlos Ayala.

A partir de ahí, poco a poco, Carlos siempre ha ido apareciendo en momentos de nuestra vida, unido a nuevas paredes por explorar: los toreros sentados, que entraron de uno en uno en nuestro piso de recién casados, los peces para Sotogrande, el angelito (premonición, llegó antes de nuestro hijo, y el niño salió rubio, como el angelito), y tantos y tantos deseados.

Se empeñó en colgar un cuadro en mi despacho, y de la mano de Yoyo, admiradora y enamorada suya, por cosas del destino y porque ese deseo no podía aplazarse, lo consiguió. Es la penúltima obra de Carlos que entró en nuestra vida, con una maravillosa historia detrás que sólo Yoyo y yo conocemos, y que convierte esa obra en grande donde las haya, por la grandeza de quien la encargó. Carlos era una especie de brujo, tenía cierta magia, intuición, premonición, era muy gitano, y los que lo conocen saben a qué me refiero. Yo sólo puedo afirmar que todo lo que intuyó o aventuró sobre nuestras vidas ocurrió, acertó de pleno, y más de 20 años lo contemplan. Con eso quiero decir que Carlos puso mucha alegría en nuestras vidas, y si eso es la inmortalidad del artista y su obra, él lo ha conseguido, pues esos trozos de vida que él accedió a regalarnos, nos sobrevivirán, y serán de nuestros hijos y nietos. Y digo regalarnos porque Carlos cobraba, y bien, pero todos sus cuadros eran un regalo: los pintaba porque le salía de los mismísimos; y si no, ni pagando los pintaba. Eso es ser un artista.

Pintar es contar, y Carlos nos ha contado trozos de nuestra vida con sus pinceles, y trozos de la suya, cada lienzo tiene tanta historia detrás que está vivo. Incluso los que no son nuestros, porque para mí hay cuadros de Carlos, que aun no siendo míos, los he disfrutado como si lo fueran, y me gusta volver a verlos, recrearme imaginando historias: recuerdo el cocinero de El Bosque, el corte de la coleta, el músico de la banda, ese ruedo lleno de personajes, donde se colaban por los burladeros, entre monosabios y picadores, las amantes del dueño, las escenas del polo, los bodegones, esos apios encima de una caja de Cruzcampo, hasta los pulpos de los que me enamoré el pasado verano.

Yo no se pintar, pero sé contar cosas, por eso un día no hace mucho empecé a escribir cuadros, mis “cuadros escritos”. Acabé uno (Numero Uno), y empecé muchos, que voy retocando. Este que tenéis delante es el segundo , y creedme que es harto difícil escribir este cuadro para quien precisamente se dedica a pintarlos, y sobre todo hacerlo cuando me va a faltar su crítica, su juicio, su aprobación o su reparo. Pero no puedo aplazarlo, porque la vida no está para aplazar cosas.

Yoyo cumplía 50 años a finales de enero de este año, pensé que había que hablar con Carlos, que ella lo merecía y que con ese motivo Carlos ni se podía negar (realmente nunca lo hizo), y además lo podía bordar. Y dándole vueltas a la idea dejé pasar la Navidad, lo dejé “para después de las Pascuas”, y nada más irse los Reyes Magos, cuando ni siquiera habían vuelto a Oriente, Yoyo me dio la noticia que nunca querría haber oído: Carlos nos dejaba de manera inesperada, como él era, como una estrella fugaz, Carlos pegaba la espantá. Porque Carlos no murió, Carlos pegó la espantá. Cada cuadro de Carlos era tan impactante que ni te lo podías imaginar, y siempre era como un relámpago, entraba en tus ojos como un fogonazo, y luego se quedaba dentro, muy dentro, con ese olor a óleo que parecía como una inyección, que notas cómo va entrando y quedándose, poco a poco. Pues igual que entraba cada cuadro en tu vida, con esa contundencia de lo repentino, Carlos se fue, por eso no tengo la sensación de que se haya ido, está por ahí, seguro, sólo que se ha largado, a por uvas, a por pigmentos, o sabe Dios a por qué. Y lo se porque nunca puede morir quien ha puesto vida en cada rincón de un lienzo, porque detrás de cada detalle, incluso de cada color único que él creaba (los tonos Ayala, como yo le decía) hay vida, hay fuerza, hay amor. Tengo delante de mí, al escribir esto, los pies de la Justicia, y cualquiera que conozca a Carlos sabe que están vivos, y quien hace eso nunca desaparece, pega la espantá. Y Carlos era de esos, de los que no aplazaba nada.

Carlos me ha dejado una lección: en esta vida las cosas importantes no se pueden aplazar, porque nos pegamos tanto tiempo aplazando cosas que al final no las llegamos a disfrutar. Aplazamos besos, aplazamos te quieros, aplazamos gracias y perdones, dejamos para más adelante tantas cosas que luego, cuando llega la espantá, ya no volverán ni podremos hacer que vuelvan, y no se puede vivir en el mientras tanto, hay que asaltar los destinos y dejarnos de derramar la vida por el camino.

¡Ay cuántos cuadros me debías!, cuántos cuadros aplazados… y mira por donde voy a acabar siendo yo quien acabe regalándote mi segundo cuadro escrito, para que se quede contigo siempre, oliendo a tí, Carlos, oliendo a óleo. Para que cuando vuelvas de la espantá, que volverás, me debas un cuadro, por este que te acabo de regalar. Porque siempre que pase por Juana de Dios Lacoste, siempre, volverá el mismo olor, y sabré que tu estás ahí, casi a oscuras, acabando de pintarme el cuadro que desde hoy me debes. Y ya se hasta el nombre: La Carpa. Continuará……..

 

 

2 pensamientos en “UN AYALA APLAZADO

  1. Carlos era todo lo que tan maravillosamente has escrito y además un ser entrañablemente introvertido que solo vivía para su familia para sus cuadros y para sus amigos de verdad y por la forma que escribes tu debías de ser uno de ellos.

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